Los ciudadanos turcos comparecen hoy ante las urnas, igual que nosotros los mexicanos, para elegir a su cuerpo legislativo.
Lo hacen en medio no de una apatía como la que nos agobia, sino esperanzados unos y alarmados otros por el vuelco que va a dar la vida nacional turca en función de los resultados de esta elección que se perfila como definitoria ya sea de la coronación de Erdogan como autócrata indiscutido que maneja todos los hilos de la vida nacional, o de la posibilidad de detenerlo y recomponer la democracia turca, tan dañada durante la última década a causa del autoritarismo ejercido por el actual presidente y su partido, el denominado Partido de la Justicia y el Desarrollo, el AKP.
La situación es como sigue: el parlamento turco consta de 550 escaños y actualmente el AKP posee mayoría absoluta en él. Mantener esta ventaja en la próxima legislatura le permitiría a Erdogan modificar unilateralmente la constitución a fin de convertir a Turquía en un Estado presidencialista en el que él podría legalmente imponer su dominio sin las limitaciones que hasta ahora han acotado su poder. Ante este panorama, ha emergido un contendiente que le podría echar a perder la fiesta a Erdogan. Se trata del Partido Democrático del Pueblo (HDP), integrado en su mayoría por población kurda del país, partido que ha subido como la espuma durante esta campaña y del que se predice que estaría en capacidad de conseguir el 10 por ciento del voto, límite mínimo para ingresar al parlamento y convertirse de hecho en la fuerza que le arrebataría al AKP su ventaja de poseer mayoría absoluta.
Ante esa posibilidad, el partido de Erdogan ha emprendido una embestida contra el HDP acusándolo de “colaboración con entidades extranjeras coludidas con intereses económicos occidentales que aspiran a dividir a los turcos y dañar a la nación”. Hace un par de días hubo incluso un atentado contra una concentración de simpatizantes del HDP que cobró una víctima mortal, al tiempo que crecen las sospechas de que el régimen incurrirá en fraude electoral a fin de impedir que el HDP alcance el citado 10 por ciento de los votos. Ello ha provocado que ocho veteranos activistas de las protestas del Parque Gezi hayan conformado un organismo integrado por 70 mil voluntarios dispuestos a contar y monitorear los votos en 162 distritos de 45 de las 81 provincias del país, a fin de prevenir irregularidades. Se trata de una iniciativa ciertamente valiente ya que ha nacido en medio de un clima de amedrentamiento impuesto por Erdogan en el que con la justificación de la seguridad pública y la lucha contra el terror, se ha otorgado a los cuerpos de inteligencia la facultad de realizar arrestos indiscriminados de quienes existe la mínima sospecha de constituir un riesgo. Así, minorías étnicas y religiosas, lo mismo que periodistas y sitios de internet han sido silenciados arbitrariamente bajo cargos de intento de sedición.
El presidente Erdogan se halla así en una coyuntura clave. Sabe que el ascenso del HDP de raíces kurdas está captando simpatías más allá de su entorno regional. El descontento creciente con el actual presidente tiene que ver no solo con su gestión autoritaria de corte islamista, sino también con la notable declinación de la economía nacional que en los últimos dos años ha dejado de crecer al ritmo en que lo había hecho antes. De hecho, en el primer trimestre de este año el crecimiento fue nulo y su moneda se devaluó 15 por ciento respecto al dólar, registrándose una contracción económica como no se había visto en muchos años. Así, esta elección debe seguirse atentamente porque debido a sus implicaciones constituye un verdadero parte aguas que definirá si Turquía sucumbe ante las fuerzas antidemocráticas que tanto se han fortalecido en tiempos recientes, o logra revertir los múltiples retrocesos que se han registrado desde el ascenso de Erdogan al poder.
Fuente: Excélsior, 7 de junio, 2015.
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