En estos tiempos, las buenas noticias escasean. Y no es necesario aclarar aquí por qué, bien lo sabemos todos.
Por ello, cuando algo positivo ocurre en el mundo, hay que difundirlo y celebrarlo, no para desconocer y bloquearse ante los panoramas ominosos que nos rodean, sino a lo mejor, para no perder la fe en que a pesar de todo, existen aún espacios en los que la cordura y el respeto a la vida y los derechos del prójimo, quienquiera que este sea, avanzan y logran derribar prejuicios e injusticias ancestrales fincadas en una violencia legitimada por tradiciones que no deberían tener lugar en nuestro mundo actual.
Así que vale la pena narrar lo recientemente ocurrido en Túnez, primer país donde estalló la Primavera Árabe y único en el que los cambios han sido para bien. El 26 de julio pasado y luego de años de activismo de agrupaciones e individuos en favor de los derechos de las mujeres, finalmente se aprobó en el parlamento la ley que penaliza la violencia contra las mujeres, definiendo a este delito de acuerdo a los parámetros de la ONU: cualquier agresión física, moral, sexual o económica hacia la mujer. Evidentemente esto es un logro en el contexto de países árabes y musulmanes en los que el rezago en la igualdad de género es monumental. De hecho, Túnez ya había destacado al estar a la vanguardia en ese tema, ya que desde 1956 aprobó el Código del Estatuto Personal el cual eliminaba la poligamia y formalizaba los procedimientos para el divorcio.
La nueva ley incluye además la eliminación de la posibilidad de que un violador pueda quedar impune de su delito si contrae matrimonio con su víctima, como era hasta ahora. Además, elevó la edad en la que permite a las mujeres casarse de 13 a 16 años, configuró como delito el acoso sexual lo mismo que la violación dentro del matrimonio, y estableció multas considerables por discriminación y pago desigual a las mujeres en su trabajo.
Evidentemente esta legislación, que en el momento de su aprobación fue recibida con aplausos y reparto de flores en el recinto parlamentario, tiene aún un largo camino por recorrer para cambiar la realidad. Un estudio realizado por la Oficina Nacional de la Familia y la Población realizado en 2010 encontró que 47 por ciento de las mujeres habían padecido violencia de género, por lo que no es de esperar que las cosas cambien de la noche a la mañana. El reto ahora es la implementación de las nuevas leyes para lo cual se prevén programas educativos dirigidos a escuelas, hospitales, cuerpos policiacos, jueces y servidores públicos en general, a fin de modificar los modelos de pensamiento vigentes en los que la tradición de siglos de considerar a las mujeres como seres inferiores a los hombres, sigue siendo muy fuerte.
Algunos de los parlamentarios -tanto hombres como mujeres- que impulsaron la aprobación de la nueva legislación, expresaron su intención de seguir en la lucha para modificar a futuro otras prácticas en las que la desigualdad de género sigue vigente, tales como la ley que prohíbe a las mujeres musulmanas casarse con hombres de otras religiones, y la ley que establece que la herencia de las mujeres solo puede ser la mitad de la de los hombres. Manifestaron que hubieran deseado incluir esos temas en su propuesta, pero se dieron cuenta de que la resistencia a ellos era, por lo pronto demasiada. El logro tunecino es así especialmente notable en la medida en que paralelamente existen otros espacios en los que los fundamentalismos religiosos y las culturas machistas luchan a brazo partido por conservar o restaurar el sometimiento incuestionable de las mujeres a la voluntad masculina.
Fuente: Excélsior, 30 de julio, 2017.
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