A lo largo del año que lleva en funciones, su discurso al dirigirse a la comunidad internacional ha estado marcado por quejas y reclamos recurrentes acerca de cómo Estados Unidos ha sido abusado por todos.
Amenazar y amedrentar han sido los recursos más usados por el presidente Donald Trump en su relación con el mundo. A lo largo del año que lleva en funciones, su discurso al dirigirse a la comunidad internacional ha estado marcado por quejas y reclamos recurrentes acerca de cómo Estados Unidos ha sido abusado por todos. En consecuencia, ha insistido en que su política exterior está determinada en acabar con ese estado de cosas, modificando radicalmente o cancelando, de plano, muchos de los compromisos y acuerdos asumidos por las administraciones que le precedieron. Según su apreciación, Estados Unidos ha sido hasta ahora víctima de todos, y él está decidido a cambiar las reglas del juego para remediar esa injusticia.
Los mexicanos hemos experimentado las consecuencias de esa perspectiva trumpiana. A punto de celebrarse la sexta ronda de negociaciones para discutir el futuro del TLC, sabemos ya bastante acerca de los perniciosos efectos de la incertidumbre generada por las amenazas del presidente estadounidense de acabar con el acuerdo. Las especulaciones sobre cómo terminará todo este asunto han dañado a la economía mexicana que no sabe a qué atenerse. El peso ha sufrido agitaciones severas y diversos sectores productivos están en ascuas al desconocer qué nuevo marco de reglamentaciones regirá en el futuro, ya sea que se renueve el TLC en términos menos favorables para México o se cancele de plano.
La misma táctica, con sus respectivas variantes, ha sido utilizada por Trump en su relación con la OTAN, con el Acuerdo de París sobre cambio climático, con el tema de los dreamers, el muro y la migración, entre otros. Condicionar, amenazar y chantajear de manera sistemática ha sido su receta. Y en estos días uno más de esos episodios se está registrando al haberse vencido el plazo para definir si Estados Unidos se mantiene o no dentro del acuerdo del G5+1 con Irán firmado hace dos años y medio para poner fin al desarrollo nuclear bélico iraní. Trump denunció siempre que dicho acuerdo firmado por el presidente Obama era ‘una desgracia’, y hace un par de días debía anunciar si se salía de él o tomaba otra determinación. Al parecer muchos de sus asesores en seguridad y defensa lo presionaron para no romper con el acuerdo debido a los efectos negativos que ello acarrearía, pero aun cuando aceptó no tomar una decisión definitiva, amenazó con que si no se arreglan los puntos problemáticos que él ha detectado se saldrá, no obstante la postura en contra de ello de los otros firmantes, a saber, Rusia, China, Francia, Gran Bretaña y Alemania. Mientras tanto, ya ha reimpuesto algunas sanciones a Irán abriendo de nueva cuenta una dinámica de confrontación con el régimen de Teherán, con el que se habían suavizado las cosas en el periodo previo a su toma de la presidencia.
Si bien, el Irán de los ayatolas sigue siendo un país con ambiciones de dominio regional que actúa de manera beligerante para alcanzar sus fines, y que al mismo tiempo viola Derechos Humanos de su población de manera flagrante, las amenazas y medidas de Trump están funcionando, paradójicamente, en sentido inverso al objetivo de contener o neutralizar la beligerancia iraní. De nueva cuenta, la élite política y clerical de la república islámica se escuda en la necesidad de defenderse de las agresiones de Trump para reprimir a su población que se atreve a protestar contra el régimen. Acusa al presidente estadounidense de instigar a los rebeldes, y recurre al discurso nacionalista extremo para legitimar sus excesos.
Un ejemplo claro de cómo las políticas de Trump están siendo contraproducentes es lo que está ocurriendo en el área de la comunicación. Como es sabido, la movilización social requiere en estos tiempos del uso de la tecnología para organizarse. Y, sin embargo, los iraníes que se lanzaron a las calles a protestar fueron prontamente neutralizados gracias a que compañías estadounidenses como Google y Apple se rehusaron a proporcionar sus servicios a los iraníes, quienes no pudieron contar con apps como Gmail, Google Hangouts, Facebook Messenger, Instagram y Periscope, por el temor de las compañías proveedoras de ser sancionadas en función de disposiciones recientes de la administración de Trump. Disposiciones que, obviamente, han sido un generoso obsequio de la presidencia estadounidense al ayatola Khamenei y su régimen.
Fuente: Excélsior, 14 de enero de 2018
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